Ya llevaba un buen rato con los ojos cerrados. Me relajaba después del tiempo que había pasado mirando las nubes por aquella ventanilla redonda. Nubes que parecían de algodón y formaban un lecho propicio para el descanso de tan largo viaje.

Las imágenes brotaban de mi imaginación. Estampas que contrastaban el fondo negro del suelo, con las edificaciones siempre blancas,  y en todo lo alto,  el cielo de un azul tan intenso, que dañaba la retina con la luz del sol.

Todavía, el eco del viento resonaba en mis oídos. Era un sonido especial, silbante pero sin llegar a molestar. A veces refrescante, no desagradable.

Las redondas piedrecitas de origen volcánico, abundaban por todos lados. Al tacto, daban la  sensación de quemar, que abrasaban.

Tampoco  se me olvida el sabor de las comidas, tan especiadas, tan diferentes pero al mismo tiempo tan agradables al paladar. 

Y lo que  más me  impactaba, era el olor tan característico. En todos los sitios  olía a sal.  En otros lugares que he visitado, donde el mar también estaba presente, no me había resultado tan  patente esa sensación.

Iba volviendo a la consciencia, cuando las voces de las azafatas anunciando  el término del vuelo, me hicieron despertar por  completo.  Repetían en distintos idiomas que la llegada era inminente, que pondríamos los asientos verticales y abrochásemos los cinturones de seguridad.

Mi mirada se fue al monitor en el que durante el viaje, habían mostrado publicidad de la isla, y leí una  frase, que resumía todo mi sueño viajero, Lanzarote, con los 5 sentidos...
 

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